POBRE CUBA: HASTA CUANDO SEGUIRÁ EL GENOCIDIO CASTRO COMUNISTA??? Mayda, una madre cubana que fue a la estación de policía por su hijo y terminó presa

Mayda, una madre cubana que fue a la estación de policía por su hijo y terminó presa

“Mi hijo nació sin el oído derecho y por tanto su audición es limitada. En esa parte él no tiene oreja. Por su condición nunca se había separado de mí”

CLAUDIA PADRÓN CUETOVIERNES, 3 DE SEPTIEMBRE, 2021 8:00 AM en DESTACADOSCollage CubaNetFacebookTwitterWhatsAppE-mail

CIUDAD DE MÉXICO.- ¡Corre, Mayda!, que la policía casi mata a tu hijo a golpes.

Le gritaron amigos en la puerta de su casa. Los mismos vecinos que la vieron criar sola a sus tres hijos y conocían a Yunior desde que nació ahora le avisaban lo ocurrido minutos antes. Mayda ni siquiera se cambió de ropa, solo buscó unos zapatos y salió para la estación de policía Oncena de San Miguel del Padrón, a unas cuadras de donde vive.

En la misma entrada explicó que necesitaba saber de su hijo, detenido con violencia. “Yo ni siquiera alcé la voz, a pesar de que ardía, porque sé que ellos pueden acusarte de desacato. Sólo les dije que de allí no me iba hasta que me lo enseñaran, que yo tenía que ver en qué condiciones estaba, que era su madre”.

Sin entender prácticamente qué pasaba Mayda Yudith Sotolongo, enfermera de 50 años y que nunca había pisado una estación de policía, estaba siendo fotografiada como una criminal. Había llegado para saber de su hijo y ahora la detenían a ella, que ni siquiera había salido a manifestarse. “Les dije que ellos no tenían motivos para encerrarme, pero que, si tenía que estar presa para saber de Yunior, que me metieran presa”.https://www.youtube.com/embed/_FG8TK6d3pE?feature=oembed

Y así lo hicieron, solo que tampoco pudo verlo.

“Me tomaron las huellas, dedo a dedo, luego fotos. Ellos hablaban de hacerme un expediente como si hubiese cometido un delito”. Ahí la enfermera empezó a asustarse, pero su mayor preocupación era qué había pasado con Yunior, si le habían hecho daño.

“Los vecinos presentes me aseguraron que mi hijo parecía un muñeco por el aire dando vueltas. Tres boinas negras lo patearon y le pisaron la cabeza. Luego lo tiraron sangrando en un camión como si fuera un saco y no un muchacho con discapacidad física”.

Cuenta Mayda que la estación estaba repleta de personas, había detenidos en los pasillos, las oficinas, los calabozos. Vio a adolescentes de hasta 13 años pidiendo que avisaran a sus padres, mujeres embarazadas, ancianos. Los policías no sabían dónde meter a tantos detenidos. Así, hacinados, unos sobre otros, pasaron horas hasta que anocheció. Mayda suponía que la soltarían al otro día.

El horror de la prisión

Quítate la ropa, el ajustador, quítatelo todo, agáchate, tose, haz cuclillas. Ponte este uniforme gris. Fueron las primeras órdenes que escuchó en la cárcel.

A las cuatro de la mañana del 12 de julio, los oficiales de la estación policial de San Miguel del Padrón montaron a varias mujeres en un camión, Mayda entre ellas, y sin explicarles para dónde iban arrancaron el vehículo. Cuando se detuvo estaba la prisión de 100 y Aldabó.

Mayda y su hijo Yunior. Foto cortesía del autor

“Me metieron en un hueco de 4×4 metros con otras detenidas. Era una celda oscura, sin ventanas, donde no sabía si era de día o de noche.  El calor y los mosquitos no dejaban dormir, todo el día sudaba y no nos daban agua”.

Mayda y sus compañeras de celda llamaban a sus carceleras, ya sin saliva en la boca.

– Oficial agua, agua
– Aquí no pueden estar gritando cada vez que quieran agua. Aquí no hay agua, era la respuesta de las autoridades.

Finalmente, después de pedirlo una y otra vez, una oficial llevó un solo vaso para las cuatro mujeres en la celda. Apenas pudieron beber un sorbo cada una.

“A mí no me dieron golpes, pero yo digo que es tortura la comida en mal estado, que nos negaran agua, la suciedad. Y luego a las 6:00 a.m. ponían discursos de Canel o Fidel Castro a todo volumen para enloquecernos y que no descansáramos. Tenías que taparte los oídos porque era insoportable. Yo aún tengo pesadillas con el sonido de la llave y el candado de ese lugar.

“Lo que pasé en 100 y Aldabó no se lo deseo ni a un enemigo”, cuenta Mayda, en libertad desde el 14 de julio, aunque cada semana es visitada por el jefe de sector. “Y gracias que me soltaron, de otro modo, quién hace por Yunior”.

El 11 de julio Yunior estaba viendo el fútbol

El domingo 11 de julio cuando decenas de manifestaciones sacudieron Cuba, Mayda y Yunior estaban en casa viendo el fútbol. Y probablemente hubiesen seguido, explica ella, si la transmisión no la hubiesen interrumpido para televisar el discurso del mandatario Miguel Díaz-Canel.

“El mismo presidente incitó a que salieran a fajarse unos con otros, pero al oírlo se asomaron muchos curiosos que nunca habían visto una manifestación y querían saber”. Entre estos salió Yunior, y caminó hasta acercarse a la calzada de Güines.

“Los testigos me explican que la gente iba tranquila, gritando consignas; pero de pronto soltaron a los boinas negras para reprimir y empezaron a cargar con todos. Mi hijo se asustó y se mandó a correr para llegar a casa”.

Los militares lo alcanzaron cuando el muchacho intentó refugiarse a unos metros de su vivienda, en el portal de un vecino. Allí mismo lo agredieron y apresaron. Entonces comenzó un calvario para su familia.

“Mi hijo nació sin el oído derecho y por tanto su audición es limitada. En esa parte él no tiene oreja. Por su condición, junto a las migrañas que padece, nunca se había separado de mí, ni para la escuela al campo. Y ahora está en prisión sin haber tirado ni una piedra”.

Yunior. Foto cortesía del autor

“Primero lo recluyeron en la prisión de jóvenes Ivano del Cotorro. Llegué allí para saber de él y me topé con colas en las afueras. Eran familias revisando unas planillas a ver si hallaban los nombres de sus allegados. Era una escena impactante”.

El 25 de agosto Mayda fue hasta ese centro para dejarle a Yunior una bolsa con alimentos. Sin embargo, tenía la sospecha de que lo habían trasladado sin avisarle. Allí se rehusó a dar los alimentos para que se los entregaran, exigió ver a su hijo, escucharlo.

Las autoridades le aseguraron que seguía allí. Le pidieron que dejara la comida y ellos se la darían al muchacho. “Esos oficiales querían quedarse con las cositas que llevaba con mil sacrificios”.

Sin embargo, la madre no cedió, insistió tanto que tuvieron que aceptar que Yunior no estaba. Lo habían trasladado días antes a otra prisión. Según las autoridades se contagió con la COVID-19.

“Mi hijo salió sano de mi casa y ahora sufre escabiosis. Tiene los dedos de los pies reventados que no puede caminar y se enfermó con el virus, aunque tenía las tres dosis de Abdala”.

Hoy Mayda confiesa que ha perdido la confianza en quienes dirigen el país y teme por Yunior. Hasta sus padres ancianos, él combatiente de Angola y ella alfabetizadora, se saben defraudados por una Revolución a la que entregaron cuanto podían y hoy les arrebató a su nieto.

Mayda con sus padres. foto cortesía del autor

“Me siento muy vulnerable, expuesta, en total indefensión. Es como estar atada de manos y pies, contra la pared con una espada apuntando al pecho, sin poder ni siquiera gritar o pedir auxilio”.

Desde el 11 de julio, Mayda ha podido ver a su hijo solo una vez. El 17 de agosto le habló sentada en un extremo de una mesa y él en otro. No le permitieron besarlo o darle un abrazo.

“En cuanto me vio empezó a llorar. No podía ni hablar. Miraba para los militares que estaban alrededor y con miedo, bajando la voz, me confesó que le habían dado mucho golpe y hasta los perros le tiraron. Me repetía una y otra vez: mami, sácame de aquí.”