“No hay que enojarse con el pobre Pedro Castillo”, dice Marcelo Gullo


“No hay que enojarse con el pobre Pedro Castillo”, dice Marcelo Gullo

Él como todos los niños peruanos, a partir de 1968, fue adoctrinado en el odio a España porque fue educado en el mito de que los incas habían construido un paraíso socialista donde reinaba la justicia social; en la fábula de que todos los pueblos que integraban el imperio vivían felices hasta la llegada de un “miserable” e “inescrupuloso” criador de cerdos llamado Francisco Pizarro.

No hay que enojarse con el pobre Pedro Castillo porque él no sabe que la parte de sangre india que corre por sus venas desciende de aquellos indios que marcharon con Francisco Pizarro para liberarse del imperialismo sanguinario de los incas. Imperialismo que le arrebataba a los padres —indios de Cajamarca— a sus hijos para sacrificarlos en la cima de los volcanes.

No sabe que 30.000 indios marcharon junto con sólo 190 soldados españoles para librarse del imperialismo totalitario de los incas

Él no sabe que, cuando su admirado emperador inca Pachacútec terminó la remodelación del Templo del Sol, ordenó enterrar vivos a 4.000 niños y niñas, de entre cuatro y cinco años, que habían sido arrebatados por la fuerza a sus padres.

Esos niños, por supuesto, no eran cuzqueños, es decir, incas o quechuas, sino huancas, chancas, chachapoyas, huaylas y canaris, pertenecientes a los pueblos que los incas habían conquistado por la fuerza y a los cuales se les exigía tributo en sangre.

Aunque parezca mentira, el pobre Pedro Castillo no sabe que, en la Cajamarca de aquellos terribles años antes de la llegada de Pizarro, año tras año cientos de miles de niños eran separados de sus familias y que, una vez arrancados de los brazos de sus madres, los hacían caminar drogados hasta la cima de los volcanes en donde los sacerdotes incas los estrangulaban o los mataban de un golpe en la cabeza.

Pedro Castillo no sabe que, por esas injusticias que clamaban al cielo, en 1536 sus antepasados indios, en número de 30.000, marcharon junto a los apenas 190 soldados españoles que acompañaban a Pizarro, hacia Cuzco para librarse del imperialismo totalitario de los incas. 

Seguramente, como Pedro Castillo es un buen hombre, de haber vivido en aquellos años en que reinaba el terror inca hubiese marchado con ese valiente puñado de españoles que, conducidos por Pizarro, pusieron fin al reinado opresor de los incas.