Entrevista con Marcelo Gullo Omodeo, autor de ‘Madre Patria’. “España no conquistó América, España liberó América”

Entrevista con Marcelo Gullo Omodeo, autor de ‘Madre Patria’
España no conquistó América, España liberó América


“El imperialismo azteca fue el más atroz de la historia de la humanidad: sacrificaban, por día, miles y miles de personas provenientes de los pueblos sojuzgados.”

“Madre patria”, “Madre patria”… Qué de recuerdos le trae a uno el hermoso título de tu hermoso libro. Recuerdos de niñez, de colegio… Recuerdos de juventud… No, de juventud no. Ya entonces la palabra empezaba a desaparecer de nuestro acervo. Poco a poco, la idea misma de patria fue quedando envuelta en el rancio polvo del desprecio. Hasta que la madre y la patria desaparecieron del mapa. Nadie hoy pronunciaría en España semejantes palabras. Y en esa América hispana a la que, para no llamarla así, la llaman —o peor: la llamamos— “latina”, ¿se habla aún, se piensa aún en España como en la Madre patria? Yo he oído la expresión en Argentina y en algún otro lugar, es cierto. Pero me temo que…


Se hablaba, mi querido Javier, y se hablaba mucho. La patria es siempre el “estar” donde el “ser” desarrolla su existencia. Nuestro estar es América, pero el ser nos lo dio España. Esa España que había sido durante siglos –y vuelve a serlo hoy– un “estar” en peligro, siempre latente de extinción, primero frente al imperialismo musulmán avasallador y luego frente al imperialismo anglosajón balcanizador. Numerosos hombres de letras como el uruguayo José Enrique Rodó, los argentinos Manuel Ugarte y Manuel Gálvez, el mexicano José Vasconcelos, el peruano Enrique Santos Chocano, numerosos políticos como el uruguayo Luis Alberto de Herrera, los peruanos Víctor Raúl Haya de la Torre y Luis Alberto Sánchez, el colombiano Eliezer Gaitán, los argentinos Roque Sáenz Peña, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, la legendaria Evita, pero sobre todo la inmensa mayoría del pueblo argentino e hispanoamericano, principalmente sus sectores más humildes, sentían a España como nuestra Madre Patria.

Todavía recuerdo a Luzmila Méndez Ramírez, una humilde y sabía mujer de rostro indio y lengua materna quechua, nacida en lo más profundo de la sierra peruana, que peleó toda su existencia siendo siempre empleada doméstica, diciéndome, un 12 de Octubre, mientras observaba por televisión las manifestaciones de los jóvenes limeños repudiando a España: “Don Marcelo, están equivocados, España es nuestra Madre patria. “


Permíteme citar una de los discursos más emotivos de Eva Perón sobre España y la conquista de América.
“La epopeya del descubrimiento y la conquista es, fundamentalmente, una epopeya popular. Somos, pues, no sólo hijos legítimos de los descubridores y conquistadores, sino herederos directos de su gesta y de la llama de eternidad que ellos transportaron por sobre los mares. El 12 de octubre es, por lo mismo, una fiesta de la hispanidad, que toca por igual a España que a sus hijas de América. Luchemos como supieron luchar los hombres de Cortés, de Mendoza, de Balboa y de Pizarro. Este es mi homenaje al Día de la Raza, día del pueblo que nos dio el ser y que nos legó su espiritualidad. ¡Bendito sea!”


Estas palabras de Evita lo dicen todo.


En 1927 en el tango La gloria del águila, un Carlos Gardel emocionado llama a España “Madre Patria querida de mi amor”. Ese era el sentimiento de la mayoría de la población argentina e hispanoamericana antes que el veneno “negrolegendario”,


En el tango ‘La gloria del águila’, un Carlos Gardel emocionado llama a España “Madre Patria querida de mi amor”a través de la propaganda cultural hecha por la “izquierda globalista” –cuya expresión política más importante hoy en Argentina es el kirchnerismo– penetrara en el espíritu de la juventud.


Te voy a pedir algo un poco difícil quizás, pues muchas y sustanciosas son las cosas que hay en tu libro. Quisiera pedirte que me resumieras, en el espacio de una respuesta, el meollo, lo esencial de tu defensa de España y de tu alegato contra la leyenda negra.


La defensa de España puede resumirse en una sola frase: España no conquistó América, España liberó América. En realidad no hubo conquista, sino que hubo liberación de América –como afirma el mexicano Vasconcelos– de “toda esa mala yerba del alma que son el canibalismo de los caribes, los sacrificios humanos de los aztecas, el despotismo embrutecedor de los incas”.


En mi obra Madre Patria, haciendo un análisis objetivo de la historia, demuestro de forma sencilla pero científica que Hernán Cortés no conquistó México. Aconteció todo lo contrario del relato elaborado por los negrolegendarios porque la acción política de Cortés estuvo orientada a ayudar a que cientos de naciones se organizasen, bajo su conducción militar y política ciertamente, para dejar de ser oprimidas por el estado totalitario más sanguinario de todos los tiempos.
Hernán Cortés no conquistó México, sino que lo liberó

La contradicción principal era, para las naciones dominadas por los aztecas, la contradicción vida o muerte. Continuar bajo la dependencia azteca habría significado, para los tlaxcaltecas y totonacas, por ejemplo, seguir siendo –literalmente– devorados por los aztecas. La liberación significó dejar de ser el principal alimento de los aztecas. Las otras contradicciones eran, dicho esto, evidentemente secundarias.


A mayor abundamiento, resulta materialmente imposible pensar que, con apenas trescientos hombres, cuatro arcabuces viejos y algunos caballos, Hernán Cortés pudiera derrotar al ejército de Moctezuma integrado por trescientos mil feroces soldados disciplinados y valientes. Hubiese sido imposible, aunque los trescientos españoles hubiesen tenido fusiles automáticos como los que hoy usa el ejército español. Miles de indios de las naciones oprimidas lucharon, junto a Cortés, contra los aztecas. Por eso el mexicano José Vasconcelos afirma que “la conquista la hicieron los indios”.


Como compruebo en mi libro Madre Patria, el imperialismo azteca fue el más atroz de la historia de la humanidad: sacrificaban, por día, miles y miles de personas provenientes de los pueblos sojuzgados, un dominio que les exigía tributo, pero tributo en sangre. En lo que hoy llamamos México, había una nación opresora y cientos de naciones oprimidas, a las cuales los aztecas no sólo les arrebataban sus materias primas –tal y como han hecho todos los imperialismos a lo largo de la historia–, sino que les arrebataban a sus hijos, a sus hermanos… para sacrificarlos en sus templos y, luego, repartir los cuerpos descuartizados de las víctimas en sus carnicerías como si fuesen chuletas de cerdo o muslos de pollo.

Para que esos seres humanos descuartizados sirvieran de sustancioso alimento a la población azteca. Las evidencias científicas con las que contamos hoy no dejan lugar a dudas al respecto. Era tal la cantidad de sacrificios humanos que realizaban los aztecas de gente de los pueblos por ellos esclavizados que, con las calaveras, construían las paredes de sus edificios y templos. El principal alimento de la nobleza y de la casta sacerdotal azteca era la carne humana de los pueblos oprimidos. La nobleza se reservaba los muslos, y las entrañas se las dejaban al populacho.

Esto lo dice todo y eso, precisamente, es lo que ocultan los pseudopensadores y profesores de la “izquierda globalista” financiados, hasta hace poco, por los Baring o por los Rockefeller y, hoy, por los Soros y compañía. Si Hernán Cortés tuvo éxito, fue porque les dijo a esos pueblos sometidos que eso se iba a acabar: “…con nosotros esto nunca más va a ocurrir”.


En realidad, para los habitantes de lo que hoy denominamos México, la conquista significó que el 80 por ciento de la población se vio liberada del imperialismo más macabro y monstruoso que haya conocido la historia de la humanidad. Y algo similar a lo ocurrido en México pasó en el Perú y en Colombia.


Si España tuviese que pedir disculpas por haber vencido al imperialismo antropófago azteca y al imperialismo embrutecedor de los incas, tanto los Estados Unidos como Rusia, tendrían que pedir perdón por haber derrotado al imperialismo genocida nazi. Claro está que las batallas por Tenochtitlán y por Cuzco fueron sangrientas, pero tan sangrienta, por cierto, como el desembarco en Normandía o la batalla por Berlín que puso fin al totalitarismo nazi.


Numerosas son las cuestiones que a uno le sorprenden y atrapan en tu libro. Por ejemplo, es la primera vez —no creo equivocarme— que alguien pone en relación los denuestos que se lanzan contra España tanto desde la leyenda negra como desde la secesión catalana. ¿Qué puedes decirnos sobre ello?


Cuando en la llamada Transición la mayoría de los políticos españoles de izquierdas y de derechas asumieron, por acción u omisión, la leyenda negra como algo cierto dieron pie a que los separatistas catalanes, amparándose en la leyenda negra –ahora aceptada por la derecha española que quería sacar el carnet de democrática– dijesen: “así como España conquistó y saqueó América, así conquistó y saqueó Cataluña; España es un monstruo histórico devorador de pueblos”.

Entonces, a partir de esa falsa premisa, comenzaron a adoctrinar a los niños en las escuelas en el odio a España y a su lengua común. Y dio resultado, pues si a los niños se les decía que así como España había ido a América a robar y a violar mujeres, había penetrado en Cataluña para realizar las misma fechorías, era lógico esperar que cuando esos niños fuesen adultos dijesen: nosotros queremos la independencia de Cataluña porque no queremos ser una parte dominada por el “vampiro” de pueblos que es España. Este hecho axial –el adoctrinamiento de los niños en la leyenda negra– hace que España cabalgue, casi inexorablemente, a su fragmentación territorial.


Por simpatía política, el “separatismo catalán” fomenta hoy, en Hispanoamérica, con el dinero de todos los contribuyentes españoles y contando con la simpatía del imperialismo internacional del dinero, el “fundamentalismo indigenista fragmentador”. A los separatistas catalanes, impregnados del odio a España, les encantaría, por ejemplo, que en la selva ecuatoriana se perdiera todo rastro del español, que en Perú, en la región de Cuzco, se abandonara el uso del español y se hablara solo el quechua, que en Puno se impusiera el uso exclusivo del aimara y se olvidara el español, que en el sur de Chile y en la Patagonia argentina, se impusiera a sangre y fuego el mapuche y se persiguiera a los hispanoparlantes. El nacionalismo separatista catalán y el indigenismo fundamentalista balcanizador son hermanos gemelos, pues ambos comparten el mismo afán por borrar todo lo español, con lo cual sirven a los intereses de quienes quieren deconstruir España y fragmentar a las repúblicas hispanoamericanas


Los pueblos que no saben de dónde vienen no saben a dónde tienen que ir o, mejor dicho, a dónde van conducidos por aquellos que han falsificado su historia, hacia el borde del abismo, es decir, hacia su suicidio histórico.


Y ya que hablábamos de la secesión catalana, otro elemento novedoso de Madre Patria es lo que cuentas sobre la independencia americana. Uno se queda asombrado (salvo los lectores de El Manifiesto, a quienes ya ofreciste un artículo al respecto) cuando se entera de que los indígenas, durante las guerras matricidas contra la Madre patria… ¿Qué pasó entonces con los indígenas de “los pueblos originarios”? Se supone que lucharían contra España tan denodadamente como los criollos, ¿no?


La historia escrita por lo negrolegendarios ha ocultado siempre que los pueblos originarios en Venezuela, Colombia, Perú y Chile estuvieron contra la independencia. Lo han ocultado porque ese hecho, históricamente irrefutable, como demuestro en Madre Patria, hace caer como un castillo de naipes toda la leyenda negra de la conquista española de América.

Francisco de Miranda –que comandaba un ejército formado por hijos de españoles que se habían enriquecido con el contrabando– fue derrotado por los indios jirahara cuya lengua era el chibcha, y Simón Bolívar solo pudo aplastar a los indios guajiros, a los pastusos y a la masa de negros y mulatos que lucharon contra él hasta el último aliento; y ello solo lo pudo hacer con la ayuda de los cinco mil soldados británicos, veteranos de la guerra europea, que envió en su ayuda su graciosa majestad británica. En la sierras del Perú, los indios se opusieron a la independencia y combatieron conducidos por el cacique Antonio Huachaca, en lucha que increíblemente llegó hasta el año 1839. En Chile, el pueblo mapuche en su totalidad, comandado por los caciques Nekulman, Mariwán, Mangín Weno y Ñgidol Toki Kilipán, se mantuvo fiel a España hasta que fue derrotado, en la madrugada del 14 de enero de 1832 en la batalla de las lagunas de Epulafquenen, por el blanquísimo general chileno don Manuel Bulnes.


No hay ninguna duda, como se atrevió a afirmar el historiador marxista Juan José Hernández Arregui, de que “la emancipación de España no fue en su momento deseada por los pueblos americanos”. Por eso, cuando el general don José de San Martín desembarca en el Perú y se da cuenta, en ese momento, de que la independencia no era querida por las masas indígenas y que todos habían caído en una trampa británica, busca desesperadamente un acuerdo para poner fin a la guerra fratricida mediante la creación de un Imperio constitucional con capital en Madrid. Lamentablemente, en España reinaba entonces uno de los reyes más ineptos de toda su historia, quien se opuso a cualquier tipo de negociación que pusiese fin a lo que en realidad era una guerra civil, a lo que literalmente era una dolorosa guerra de familia.


Y, para concluir, una pregunta para reflexionar junto contigo sobre algo que se desprende de tu libro. ¿Qué pasa, querido Marcelo, por el alma de los españoles –los de un lado y otro del Atlántico– para que seamos tan absurda, tan empecinadamente masoquistas? ¿Qué nos pasa para detestar hasta tal punto lo más grande que hemos hecho en nuestra historia?
Porque, vale, está claro que la leyenda negra constituye una extraordinaria operación de “marketing político” (ahí la has clavado con esta formulación) que ha sido puesta en marcha por nuestros enemigos. Pero nada de eso habría funcionado —en todo caso, no de forma tan colosal— sin nuestra amable y solícita colaboración. Empezando por los engaños propagados por un Fray Bartolomé de las Casas y terminando por el consentimiento, activo o silencioso, de tantos pensadores y escritores nuestros. Sólo ahora, con el boom editorial de María Elvira Roca Barea y con lo que, es de esperar, será también el boom de Marcelo Gullo Omodeo (que, por cierto, veo que sigue manteniéndose desde hace tres meses como best-seller en Amazon) empieza a calar por fin algo parecido a una toma de conciencia sobre la verdad y la grandeza de lo que nosotros, habiendo sido, somos. Y ello, pese a las piedras lanzadas por nuestros enemigos… y a las que lanzamos nosotros mismos sobre nuestro propio tejado.
Pero ¿por qué esa manía por autoculparnos y autoatacarnos de una forma con la que —tú mismo lo señalas— ningún otro pueblo habría dejado nunca que lo menospreciaran, envilecieran y atacaran?


Es una pregunta, mi querido Javier, que me parte el alma porque no tengo ninguna respuesta. Es un enigma de la Historia.

Fuente: el manifiesto