¿Pedofilia innata? Así es como te imponen la perversión

Un artículo científico que apareció en Psychologytoday.com intenta presentar la actuación del pedófilo como algo natural. Y ciertamente no es el primer caso. Es el método clásico de la “ventana de Overt

¿Está en curso un intento, aunque lento y camuflado, de imponer la pedofilia? Tal duda será juzgada por algunos como teoría conspiratoria, precisamente de los terraplanistas o de personas que creen en las estelas químicas. Sin embargo, existen pistas no marginales que refuerzan la sospecha de que realmente se esté trabajando para allanar el camino a la más aberrante de las perversiones a través de la “Ventana de Overton”, una estratagema manipuladora que toma su nombre de su teórico (el sociólogo Joseph P. Overton) y que, en síntesis, afirma que toda idea y práctica, incluso la más extrema, puede ser digerible por la opinión pública cuando se hace de forma gradual, como “abriendo una ventana”.

Una prueba de tal impactante proceso surge de lo que se publicó el pasado viernes en Psychologytoday.com, un portal de psicología en donde apareció un singular artículo cuyo título (¿Nacen o se hacen los pedófilos?) ya parece muy significativo de cierto intento inquietante de presentar la acción pedófila como natural. La intervención (que, como prescribe la teoría de Overton, tiene la pátina de autoridad ya que no fue escrita por un simple periodista, sino por John Parrington, un profesor de Oxford) comienza con una premisa que tiene el sabor de una pantalla: “pocas cosas generan repulsión social como la pedofilia”; e incluso el pretexto filantrópico “si ayudamos a los pedófilos, podemos evitar que los niños sean abusados”, para después resbalar más allá.

De hecho, retomando las afirmaciones de matriz innatistas del psicólogo James Cantor, según las cuales “la pedofilia es una orientación sexual, algo con lo que esencialmente nacemos” (y el caso de un hombre al que, tras la extirpación de un tumor cerebral, desaparecieron los instintos pedófilos), se argumenta que “la biología del cerebro no se debe ignorar, cuando se trata de explicar por qué algunas personas muestran impulsos sexuales tan horribles”.

Para completar, hay que decir que Parrington también reconoce un papel ambiental en la génesis del instinto pedófilo (“la evidencia muestra que muchas personas que abusan sexualmente de niños, a su vez, fueron abusadas cuando eran niños”) y concluye la intervención al señalar que estudiar mejor a los pedófilos conduciría a reconocerlos y detenerlos “antes de que arruinen la vida de los niños”. Sin embargo, hay al menos dos puntos críticos en el artículo. El primero se relaciona con el riesgo de que, al escribir que quizás “nacen pedófilos” (además, basándose en el pensamiento de un solo estudioso), se pueda llegar a imponer el abuso de menores. Después de todo, siempre en las revistas calificadas, desde hace tiempo existe quien empuja en esta dirección.

Si piensa en lo que sucedió en diciembre de 2018 con la publicación, en Sexuality & Culture (sujeta trimestralmente a revisión por pares y publicada por el gigante editorial Springer), titulada “Childhood ‘innocence’ is not ideal: virtue ethics and child-adult sex” (La ‘inocencia’ infantil no es lo ideal: la ética de la virtud y el sexo entre niños y adultos). Un artículo de Thomas O’Carroll, un activista pedófilo de 70 años ya encarcelado por corrupción de la moral pública y posesión de 50.000 imágenes de pornografía infantil, incluidas aquellas de niños de seis años en adelante.

Este último aspecto, sin embargo, parece tener poco interés. Así que un debate sobre temas similares, artículo tras artículo, que vaya anidándose en el campo académico podría, en prospectiva, llevar en futuro a incluso acusar de intolerancia a quienes se oponen a la pedofilia, sin rendirse a la idea de un instinto natural y que es injusto estigmatizar a quienes lo experimentan. ¿Exageraciones? Me encantaría pensar eso, pero probablemente no lo sea.

En segundo lugar, cabe señalar que contribuciones como la que apareció en Psychology Today, ampliando el discurso, ignoran por completo el libre albedrío, que es de extrema gravedad. Sí, porque también seremos un entrelazamiento encarnado de genes y experiencias, de biología y biografía, pero también poseemos razón y somos responsables de nuestro comportamiento. De lo contrario, nos veríamos obligados a enviar al desván no solo la condena de la pedofilia, sino también el Evangelio, en cuyas páginas encontramos a Jesús pronunciando duras palabras precisamente contra estos abusos: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo, 18:6).

Fuente: la brújula cotidina