El New York Times denuncia a Google: “Favorece la pedofilia online” –

El New York Times denuncia a Google: “Favorece la pedofilia online”

El New York Times vuelve a hablar del tráfico de pornografía infantil y pedofilia en la red. Esta vez, el columnista del periódico progresista Nicholas Kristof acusa a Google no sólo de no censurar los contenidos depravados e ilegales, sino incluso de fomentarlos. Sin embargo, nadie osa ir a la raíz del problema, que obligaría a prohibir la pornografía por completo.

El New York Times ha publicado un nuevo artículo en el que denuncia el tráfico de pornografía infantil y la pederastia en la red. Esta vez el columnista del periódico progresista Nicholas Kristof acusa a Gooogle no sólo de no censurar los contenidos depravados e ilegales, sino incluso de fomentarlos. Kristof continúa así con su investigación sobre el mundo de la explotación sexual infantil y la pedofilia online, explicando cómo Google ha ayudado a sus usuarios a acceder a contenidos de abusos sexuales y violaciones de menores publicados en sitios como Pornhub y Xvideos.

El NYT ya había denunciado a Pornhub por los millones de contenidos pedófilos de su página, una información que tuvo como consecuencia la retirada de algunos circuitos de tarjetas de crédito como Mastercard y Visa para impedir los pagos al sitio. Sin embargo, cuando Pornhub eliminó los vídeos, millones de clientes se trasladaron a Xvideos, un sitio pornográfico sin escrúpulos. De hecho, el columnista explica que este sitio “es el centro de un imperio del porno que obtiene seis mil millones de visitas al día e inflige angustia en todo el mundo, lo que plantea una pregunta: ¿por qué dejamos que estas empresas se salgan con la suya?” Dado que no sólo estos gigantes millonarios siguen existiendo sin ser molestados a pesar de sus graves delitos, sino que incluso “Google es un pilar de este sórdido ecosistema, porque aproximadamente la mitad del tráfico que llega a XVideos y XNXX parece provenir de las búsquedas en Google”.

Una búsqueda en Google relacionada con el sexo, dice además, “reveló resultados de vídeos de adolescentes teniendo sexo de todo tipo (en un autobús, con un “hermanastro”, etc.) en XVideos y XNXX“. Y, a su vez, XVideos “sugiere voluntariamente la búsqueda de ‘bebé’, ‘niña’, ‘niño’… y ‘porno para adolescentes’”.

En la investigación también sale a relucir una investigación aparecida en The British Journal of Criminology en 2021, en la que se constata que uno de cada ocho vídeos de las tres webs principales –Xvideos, Pornhub y XHamster– contiene violencia sexual: “Algunos muestran a mujeres o niñas intoxicadas o inconscientes siendo violadas. Otras proceden de cámaras espía en vestuarios o camerinos de playas que muestran a mujeres o chicas desprevenidas (y, con menos frecuencia, a hombres y niños) desvistiéndose o duchándose. Se detectan epítetos racistas y humillaciones, así como vídeos misóginos de supuestas feministas siendo degradadas o torturadas. Muchos vídeos muestran a violadores, reales o falsos, obligando a los niños a mantener relaciones sexuales… Uno de XVideos muestra en los subtítulos la protesta de una niña: “No es justo, papá, para, por favor”.

Pero el abuso no se limita a los sitios pornográficos. “Twitter, Facebook, Reddit y otros sitios están llenos de imágenes de abusos sexuales a menores”. Una de las víctimas reveló al NYT que “se habían publicado vídeos de ella desnuda en Twitter durante seis años… Twitter había ignorado sus peticiones de eliminarlos”. Lamentablemente, Kristof añade que cuando él mismo pidió a Twitter que eliminara ese vídeo, a las pocas horas fue borrado. Decir que el problema no está en su sistema informático sino en la voluntad de las empresas tecnológicas que se lucran con lo que es uno de los peores crímenes de la historia.

Sin embargo, es evidente que el periódico progresista no va a la raíz profunda del problema de la pornografía, cuyas consecuencias son la pedofilia y la violencia sexual. De hecho, Kristof aclara: “No se trata de la pornografía, sino de la violación y el abuso sexual… El problema es que muchas de las personas que aparecen en los vídeos pornográficos no eran adultos que habían dado su consentimiento”. Hay que reconocerle al articulista la determinación con la que denuncia el mal de los males –el mal ejercido sobre los inocentes-, pero cuando se permite la pornografía entre adultos que han prestado su consentimiento, y cuando se permite el placer sexual fuera de su finalidad (la donación, además del amor exclusivo y de la generación de descendencia), llegamos a su perversión y violencia. Una vez que se eliminan los límites que tiene la sexualidad, su fuerza ya no tiene márgenes que la contengan y todo se vuelve posible.

La periodista de National Review Alexandra DeSanctis intuye que es tarea de Google dejar de procesar los pagos a Pornhub y sitios similares ejerciendo todas las medidas posibles para detener el delito y que, “lejos de proporcionar una forma inofensiva de entretenimiento, la industria de la producción y distribución de pornografía es culpable de abusos desenfrenados, violaciones de la ley, maltrato sistémico de las mujeres y abundantes vínculos con la industria del tráfico sexual. Hace tiempo que deberíamos haber hecho un balance cultural de todo esto”.

La única solución, por tanto, es prohibir todas las formas de pornografía, algo que ni los periódicos como el NYT ni las grandes empresas ni los estados quieren o tienen el valor de pedir. Sin embargo, está históricamente demostrado (véase, por ejemplo, Umberto Galimberti, profesor universitario de antropología cultural) que las civilizaciones han caído cuando el vicio y la lujuria han empezado a dominarlas. La pornografía, de hecho, es una droga que priva al individuo de la fuerza creativa, de la sublimación de la energía sexual, empujando al aislamiento y a la apatía, y haciendo que cualquier otra cosa sea insatisfactoria: ya sea una mujer de carne y hueso, una relación estable, un trabajo bien hecho, una gran amistad, una pasión. Se entiende por tanto que su desenfreno en línea, incluso cuando es entre adultos que han prestado su consentimiento, debilita como mínimo a las personas que lo ven. Por no hablar de sus degeneraciones, que hacen que quienes acceden a ella sean violentos (las cifras hablan de millones de niños y adolescentes) y que tengan una concepción depravada de la sexualidad y de la mujer.