Francisco Maya, vicario de Mérida-Badajoz : «La Iglesia hace tiempo que perdió su autoridad moral. No posee relevancia social». «Los políticos han perdido autoridad moral, sus palabras suenan huecas, vacías, cargadas de promesas y mentiras. Ya no se les cree».

Marcos nos dice hoy que Jesús hablaba con autoridad. En nuestra sociedad la autoridad está desvirtuada. ¿Quién tiene autoridad hoy? Se puede tener poder, que es la capacidad para subordinar a otras personas o para dominar una situación; pero no autoridad, que es la habilidad para influir en otros sin necesidad de que estén subordinados. La autoridad tiene que ver con lo que tú eres como persona, con tu carácter y con la influencia que has ido construyendo sobre las personas.

En familia hemos pasado de un modelo autoritario a otro permisivo, sin lograr la integración de ambos estilos educativos, y sin conseguir que los padres sean modelos de referencias para sus hijos. En política actualmente se tiene poder, pero no autoridad. Los políticos han perdido autoridad moral, sus palabras suenan huecas, vacías, cargadas de promesas y mentiras. Ya no se les cree.

La Iglesia hace tiempo que perdió su autoridad moral. No posee relevancia social. El magisterio eclesial ya no tiene repercusión alguna, exceptuando determinados mensajes del Papa Francisco. Nosotros, los sacerdotes, éramos (o seguimos siendo) autoritarios, y nos considerábamos superiores al resto de la comunidad, ejerciendo el poder que nos otorgaba el derecho canónico. Deberíais decirnos a los sacerdotes de esta comunidad en qué hemos de corregirnos, para saber poseer la autoridad que ejercía Jesús de Nazaret.

Jesús tenía la autoridad que le venía del Espíritu, y que fue reconocida por la gente. Su autoridad no estaba revestida de un poder institucionalizado. Se ganó su autoridad amando, sirviendo desde abajo a su pueblo, especialmente a los enfermos, a los pobres y excluidos. Ofrecía salud, vida, liberación. Su autoridad no la ejerció dominando e imponiéndose a su pueblo. Su autoridad era liberadora, seductora, tierna; tenía un arte especial para dialogar y transmitir la Buena Noticia del Reino. Su autoridad le llevó a ser luz para los demás, a ofrecer caminos de vida, a invitar a otros para que le siguieran. Con su autoridad liberaba a las personas del mal. ¿Tienes Jesús autoridad para mí?

Jesús no coacciona, no impone, no obliga. Su enseñanza humaniza y libera a las personas. Sus acciones son para curar, para levantar al caído, para ofrecer esperanza. Sin embargo, en la Iglesia, en muchos momentos, hemos utilizado el poder para imponer y dominar, para coaccionar, para crear miedo y dogmatizar. Creíamos poseer un poder superior especial, que lo utilizábamos para condenar y rechazar en nombre de Dios. Nuestro lenguaje era, y sigue siendo, moralista e impositivo. Sin embargo, Jesús es el hombre de la autoridad, que anuncia un mensaje cargado de vida, enseña curando. Alivia el sufrimiento, restaura la vida, consuela a los abatidos, perdona a los que están hundidos en la culpabilidad, presenta el rostro de un Dios misericordioso, con corazón de Padre y Madre. Por eso, la gente exclamaba: “Este enseñar con autoridad es nuevo”.

Como decía, a nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad a todos los niveles. La Iglesia es una institución devaluada. Las encuestas nos revelan que en 2020 el 61% de la población española se declaró católica, mientras que en 1978 era el 90,5%, bajando a un 35% de católicos entre los jóvenes de 18 a 34 años.

Quizá tengamos que ser todos más humildes en esta realidad social, sin dejar de ejercer la autoridad que ha de nacer del amor, la cercanía, la acogida, el respeto, el diálogo y la presentación de la verdad sin superioridad alguna.

Quizá, también, necesitaremos más maestros de vida, maestros del espíritu, que posean una experiencia grande Dios, que nos acompañen con la luz del evangelio, que nos enseñen a discernir, que nos hablen de Dios desde el corazón, que nos ayuden con cariño a encontrar el sentido positivo de las experiencias, a encajar los errores y los fracasos y frustraciones, que sean modelo de referencias en nuestro caminar, que nos ayuden a ser personas adultas y equilibradas. Es duro reconocer que, con frecuencia, las nuevas generaciones, no encuentran “maestros de vida” a quienes poder escuchar. Los sacerdotes, los padres, los catequistas, los profesores, los miembros de la comunidad tendríamos que ser “maestros de vida”

Jesús era un maestro del Espíritu, que desvelaba con su vida el rostro de su Padre. Dios estaba con Él, y su autoridad no era como la de los escribas y fariseos. Fue el profeta de la esperanza, el que hablaba con otra autoridad, diferente a la que poseían los hombres religiosos, lideres de aquel tiempo.

Pidamos también, por los que hoy tienen el poder en su manos, aquellos que influyen en la sociedad, sin ser verdaderos profetas, y son habladores de mentiras, de agresividad, de intolerancia, de miedo, de insultos, de bulos, de intereses económicos o políticos inconfesados. La primera lectura, hablaba del profeta que Dios suscitará entre los suyos.

Pidamos para que Dios suscite en nuestra sociedad personas justas, honradas, cabales, personas de bien, políticos de altura, tertulianos veraces, hombres y mujeres que amen sinceramente al hombre y busque sin interese el bien común. ¡Danos, Señor, profetas de humanismo y de verdad! ¡Danos la autoridad evangélica que necesitamos en la Iglesia!¡Danos, maestros de vida en nuestras comunidades y en nuestro mundo!