El peor Papa de la historia: el caso de Juan XII

¿Quién ha sido el peor pontífice en la historia de la Iglesia? Muchos consideran que Alejandro VI, papa criticado en demasía, aunque según san Roberto Bellarmino fue Juan XII (937-964), al que califica de omnium pontificum fere deterrimus, «casi el peor de todos los pontífices».

Alberico II de  los condes  de Tusculo, princeps de Roma de 932 a 954, se hizo llevar a San Pedro pocos días antes de morir y, sobre la silla del Apóstol y en presencia del papa Agapito, hizo jurar a los nobles romanos que a la muerte del papa reinante elegirían a al solio pontificio a su hijo, al cual había puesto el nombre augural de Octaviano. Cuando falleció el Sumo Pontífice en diciembre de 955, fue elegido Octaviano con el nombre de Juan XII, aunque no tenía la edad canónica para ello, ya que apenas contaba dieciocho años. Según la descripción unánime de las fuentes, el joven pontífice fue un papa libertino que no puso fin a la vida de placeres desenfrenados a la que se había abandonado antes de su elección al solio pontificio. En el otoño de 960, habiendo entablado un conflicto con el marqués Berengario de Ivrea, que se había proclamado rey de Italia, y con Adalberto, hijo de este, el nuevo papa recabó la ayuda de Otón I de Alemania. Al frente de su ejército, Otón descendió a Italia, derrotó a Berengario y Adalberto y prosiguió hasta Roma, donde el 2 de febrero de 962, día de la Candelaria, el Romano Pontífice lo coronó solemnemente emperador. Dicha coronación fue el acto fundacional del que sería llamado Sacro Romano Imperio Romano Germánico. Una semana después de la coronación, tuvo lugar la concesión del denominado Privilegium Ottonis, una copia del cual se conserva hasta hoy en los Archivos Vaticanos. El documento, si bien por una parte confirmaba todas las concesiones territoriales hechas a la Santa Sede por Pepino el Breve y Carlomagno y añadía otras, constituyendo de hecho los Estados Pontificios, por otra imponía a la Santa Sede la obligación de someter las elecciones pontificias a la aprobación preventiva de la persona del Emperador y sus sucesores. Otón entró después en Pavía, pero Juan traicionó el juramento de fidelidad a Otón y estableció una alianza contraria con su antiguo adversario Adalberto.

En un célebre texto recientemente reproducido en una versión filológicamente precisa, Liutprando, obispo de Cremona, narra el conflicto que enfrentó al Papa y al Soberano en los años 960 a 964.

Cuando el emperador Otón supo que el Papa había estrechado una alianza con Adalberto, convocó un sínodo en San Pedro en el que participaron obispos y arzobispos que se contaban entre sus seguidores, eclesiásticos y miembros de la Curia Romana, figuras destacadas de la ciudad y representantes del pueblo. Juan XII, sin embargo, se alejó de la Ciudad Eterna. El Emperador preguntó las razones de su ausencia, y los romanos respondieron que se debía a la inmoralidad del Papa, la cual se manifestaba en una larga serie de delitos como simonía, sacrilegio, blasfemias, adulterio, incesto, abstención de los sacramentos, uso de armas y trato con el Demonio. Todos, fieles y clero, declararon que «había convertido el sacro palacio en un auténtico burdel; había dejado ciego a Benedetto, su padre espiritual, el cual falleció poco después; había asesinado al cardenal subdiácono Giovanni amputándole los genitales; provocaba incendios; se ceñía espada y se armaba de yelmo y coraza; de todo ello dieron testimonio. Todos, laicos y eclesiásticos, afirmaron a gritos que brindaba a la salud del Diablo; que jugaba a los dados invocando la ayuda de Júpiter, Venus y otros demonios; que no celebraba maitines ni las horas canónicas, y tampoco se santiguaba» (p.15). Una vez que los acusadores confirmaron sus acusaciones con un solemne juramento, el 16 de noviembre de 963 Otón envió en nombre del Sínodo una carta a Juan solicitándole que acudiera personalmente a pedir perdón.

Juan se negó a comparecer ante la asamblea. Entonces los romanos pidieron al Emperador que lo depusiese y sustituyera por otro pontífice de mayor estatura moral. «Una plaga inaudita se extirpa con un cauterio inaudito. Si con sus costumbres corrompidas sólo se hiciera daño a sí mismo y no a todos, se lo podría soportar. ¡Pero los que eran castos se han corrompido tratando de imitarlo! ¡Cuántas personas honradas se han pervertido con su ejemplo! Rogamos, pues, a vuestra majestad imperial que se expulse de la santa Iglesia de Roma a este monstruo que no ha manifestado la menor virtud que pueda compensar sus vicios» (p.23).

El 4 de diciembre de 963 Juan fue condenado y depuesto, y Otón pidió al Sínodo que eligiese a un sucesor. El pueblo y el clero de Roma eligieron a un laico, jefe de la cancillería laterana, que reinó con el nombre de León VIII entre 963 y 965. Tras ser ordenado en un mismo día diácono, sacerdote y obispo, obtuvo la aprobación del Emperador y fue consagrado en San Pedro. Cuando se fue Otón, Juan, el papa depuesto, volvió a Roma y obligó a León VIII a huir, tras lo cual convocó un nuevo concilio mediante el cual excomulgó a León y empezó a vengarse de quienes lo habían abandonado: a uno (Azzone) le mandó cortar la mano derecha; a otro (Giovanni), la nariz, la lengua y dos dedos.

Mientras el Emperador se preparaba para regresar a Roma, el 7 de mayo de 964, Juan XII sufrió una apoplejía provocada, según Liutprando, por el Diablo mientras cometía un pecado sexual, y murió ocho días más tarde, el 14 de mayo, sin recibir los sacramentos. Contaba veintisiete años, y fue enterrado en San Juan de Letrán. El Liber pontificalis lo califica de infelicissimus, porque vitam sua in adulterio et vanitate duxit: pasó toda la vida entre adulterios y frivolidades” (p.99).

Si alguno sostiene que el Espíritu Santo elige y guía infaliblemente a todo pontífice, lo desmienten los hechos, y corre el riesgo de rendir un pésimo servicio a la Iglesia. El Espíritu Santo no abandona jamás a su Iglesia, pero en aquel oscuro siglo respondieron mejor a su influencia los laicos que los papas. A pesar de las protestas de Juan XII contra la ilegitimidad canónica de su deposición, la Iglesia incluye en su cronología oficial a León VIII como su legítimo sucesor.

El trono de Otón I estuvo circundado por la aureola de la santidad, y San Roberto Bellarmino lo califica de pius imperator. Su esposa fue Santa Adelaida; su madre, Santa Matilde, que después de enviudar se retiró a la abadía de Quedlindberg, que ella misma había fundado; San Bruno, arzobispo de Colonia, era hermano suyo. El nieto de Otón y su tercer sucesor, el emperador San Enrique, casó con Santa Cunegunda; la hermana de Enrique, Santa Gisela, casó con San Esteban I de Hungría y fue madre de San Emerico.

En esta red familiar de santos está el origen de Europa cristiana del Medievo, en una época en que el Papado atravesaba un periodo de grave decadencia. Un siglo más tarde, surgió en Cluny el gran movimiento reformador de la Iglesia, que culminó con el pontificado de Gregorio VII y la epopeya de las Cruzadas, inaugurada por el beato Urbano II.

Como siempre, la Iglesia avanzaba victoriosa en la tempestad.

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