ANGELELLI EL OBISPO MONTONERO (3) por María Lila Genta

ANGELELLI EL OBISPO MONTONERO (3) por María Lila Genta

Este cuadro de situación no estaría completamente descripto si a todo lo dicho no se agregara la decisiva participación de un fuerte componente eclesial que sumó una cuota nada despreciable de activa colaboración ideológica y armada a la acción de las fuerzas revolucionarias del comunismo. Este es el punto fundamental, el que se omite con demasiada frecuencia cada vez que se examina la época que estamos analizando, el punto, en suma, que la jerarquía católica argentina hasta el día se ha negado a revisar[2]. Pero sin la consideración de este punto es imposible entender el verdadero sentido de la vida y aún de la muerte de Angelelli y de otros que como él siguieron los pasos extraviados de lo que, con aguda precisión, se llamó la Iglesia clandestina[3].

Nos estamos refiriendo al grave impacto que tuvieron en la vida de la Iglesia, tanto en Argentina como en el resto de Hispanoamérica, las experiencias de la llamada Teología de la Liberación y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que se inspiraba en ella. En ambos casos se trató de una gravísima desnaturalización del Evangelio que de mensaje salvífico ordenado a la vida eterna pasó a ser una suerte de utopía revolucionaria intramundana adoptando, incluso, la praxis y la hermenéutica marxistas de la revolución social. Con el propósito, en muchos casos noble y  bien intencionado, de ocuparse de los pobres y de dar respuesta a situaciones objetivas de injusticia en las sociedades hispanoamericanas, se sustituyó la auténtica doctrina social de la Iglesia por la temible utopía de un “socialismo cristiano”.

Sin duda que las turbulencias que siguieron inmediatamente a la clausura del Concilio Vaticano II y el estado de confusión generalizada en que quedó sumida la Iglesia en aquellos años contribuyeron de manera decisiva a la configuración de este fenómeno. De hecho, los promotores de este “socialismo cristiano” con su idea de “un hombre nuevo” -más próxima a la ideología marxista del Che Guevara que a la teología paulina- no hacían sino invocar el “espíritu del Concilio”. Este “espíritu” campeaba por doquier dejando a su paso un cúmulo de estragos y de ruinas. Es en este contexto eclesial -e insistimos en subrayar enfáticamente este punto- en el que se inscribe la activa participación de numerosos sacerdotes, religiosos y laicos en las organizaciones guerrilleras armadas y en las organizaciones colaterales de superficie que constituyeron una vasta red mundial de apoyo a la subversión marxista.

De lo que se trató, en realidad, fue lisa y llanamente de la introducción de la dialéctica marxista en el interior de la Iglesia. Esta dialéctica fue creando falsas antinomias: integrismo versus progresismo, conservación versus renovación, poder episcopal versus autoridad papal, “iglesia de los pobres” versus “iglesia de los poderosos”, “el aire enrarecido, envejecido” versus el “aire fresco” , “estructuras eclesiales caducas” versus “nuevas estructuras eclesiales”, etc. Tales antinomias aparecían como oposiciones absolutas, sin dejar lugar a matices ni a integraciones en un constante avance hacia el enfrentamiento y la disyunción.

Por otra parte, esos mencionados sectores eclesiales, en ocasión fuertemente radicalizados, no se presentaban, en todo caso, como una parte o un carisma más dentro de la unidad de la Iglesia sino, al contrario, pretendían representar el verdadero rostro de la Iglesia jactándose de poseer una asistencia especial del Espíritu Santo el cual les acordaba ciertos carismas especiales para la realización de su misión profética para la transformación de la Iglesia, transformación radical tanto en lo dogmático como en lo pastoral.